Recopilado por: Kenneth Vargas
 

REFLEXIÓN

La Iglesia nos invita a unir a todos los laicos y ministerios pastorales a utilizar todos nuestros carismas dados por el Espíritu Santo, para el servicio de aquellos que buscan un acercamiento personal con Dios, ya que se guían a través del buen testimonio que podamos enseñar y demostrar a muchos hermanos que han perdido la fe por el mas testimonio que laicos, líderes, pastores y ministerios han desviado sus dones y manchado el buen nombre de nuestra querida y sufrida Iglesia.
Es por ello que este punto de esta hermosa exhortación apostólica nos enseñará como usar los carismas y que todos creamos que dichos dones existen, ya que la exhortación es hecha por nuestro santo padre Juan Pablo II Vicario de Cristo en la tierra.

Por Kenneth Vargas.

 

El Espíritu Santo no sólo confía diversos ministerios a la Iglesia-Comunión, si no también la enriquece con otros dones e impulsos particulares, llamados carismas. Estos pueden asumir las más diversas formas, sea en cuanto expresiones de la absoluta libertad del Espíritu que los dona, sea como respuesta a las múltiples exigencias de la historia de la Iglesia. La descripción y clasificación que los textos neotestamentarios hacen de estos dones, es una muestra de su gran variedad: "A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para la utilidad común. Por que a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia por medio del mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, el don de profecía; a otro, el don de discernir los espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, finalmente, el don de interpretarlas." (I Co 12, 7-10; Cf. 1 Co 12, 4-6. 28-31; Rom 12, 6-8; 1 P 4, 10-11).

Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, los carismas son siempre gracias del Espíritu Santo que tienen, directa o indirectamente, una utilidad eclesial, ya que están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.

Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de diversos carismas entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los carismas se conceden a la persona concreta; pero pueden ser participados por otros y, de este modo, se continúan en el tiempo como viva y preciosa herencia, que genera una particular afinidad espiritual entre las personas. Refiriéndose precisamente al apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II escribe: "Para el ejercicio de este apostolado el Espíritu Santo, que obra la santificación del pueblo de Dios, por medio del ministerio y de los sacramentos, otorga también a los fieles dones particulares (Cf. 1 Co 12, 7), "distribuyendo a cada uno según quiere" (Cf. I Co 12,11), para que "poniendo cada uno la gracia recibida al servicio de los demás", contribuyan también ellos "como buenos dispensadores de la multiforme gracia recibida de Dios" (1 P 4,10), a la edificación de todo el cuerpo en la caridad (Cf. Ef 4,16)".79


Los dones del Espíritu Santo exigen- según la lógica de la originaria donación de la que proceden -que cuantos lo han recibido, los ejerzan para el crecimiento de toda la Iglesia, como lo recuerda el Concilio.80

Los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de quien nos recibe, como por parte de todos en la Iglesia. Son, en efecto, una singular riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad del entero Cuerpo de Cristo, con tal que sean dones que verdaderamente provengan del Espíritu, y sean ejercidos en plena conformidad con los auténticos impulsos del Espíritu. En este sentido siempre es necesario el discernimiento de los carismas. En realidad, como han dicho los Padres sinodales, "la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, no siempre es fácil de reconocer y de acoger. Sabemos que Dios actúa en todos los fieles cristianos y somos conscientes de los beneficios que provienen de los carismas, tanto para los individuos como para toda la comunidad cristiana. Sin embargo, somos también conscientes de la potencia del pecado y de sus esfuerzos pendientes a turbar y confundir la vida de los fieles de la comunidad ".81

Por tanto, ningún carisma dispensa de la relación y sumisión a los Pastores de la Iglesia. El Concilio dice claramente: "el juicio sobre su autenticidad (de los carismas) y sobre su ordenado ejercicio pertenece aquellos que presiden en la Iglesia a quienes especialmente corresponde no extinguir el Espíritu, si no examinarlo todo y retener lo que es bueno (Cf. 1 Ts 5, 12.19-21)",82 con el fin de que todos los carismas cooperen, en su diversidad y complementariedad, al bien común.83

 
   
     
     
     

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