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7
DE ENERO
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Cuando Gregorio IX, de quien había sido un precioso colaborador, le comunicó su intención de nombrarlo arzobispo de Tarragona, la consternación de Raimundo de Peñafort fue tal que se enfermó. El humilde y docto sacerdote, que habían nacido entre 1175 y 1180, había siempre rehusado honores y prestigio. Pero no lo había logrado. Rechazando una vida cómoda y alegre (era hijo del noble castellano de Peñafort, en Cataluña), se había dedicado desde muy pronto a los estudios filosóficos y jurídicos: A los 20 años enseñaba filosofía en Barcelona, y a los 30 años, recién graduado, enseñaba jurisprudencia en Bolonia, excepcionalmente pagado por el Estado y, naturalmente, ese sueldo lo gastaba todo en socorrer a los necesitados. Regresó a Barcelona por invitación de su obispo, quien
lo nombró canónigo, y su amigo Pedro Nolasco lo encargó
de la redacción de las Constituciones de la Orden de los Mercedarios
que iba a fundar. Nombrado confesor del rey Santiago de Aragón, no dudó en reprocharle su conducta escandalosa durante la expedición a la isla de Mallorca. Se cuenta que el rey había prohibido que las embarcaciones se dirigieran hacia España, y entonces, Raimundo, para manifestar su desacuerdo con el soberano, extendió su manto sobre el agua y sobre él navegó hasta Barcelona. Una de sus obras apostólicas dignas de recordar son las misiones para la conversión de los hebreos y mahometanos que vivían en España; según la tradición, se le atribuye el mérito de haber invitado a santo Tomás de Aquino a escribir la Summa contra gentiles, para sus predicadores tuvieran un texto seguro de apologética para las controversias con los herejes e infieles. El mismo redactó importantes obras de teología moral y derecho, entre ellas la Summa casuum para la administración correcta y eficaz del sacramento de loa penitencia. Murió casi a los cien años, el 6 de enero de 1275 y fue canonizado en 1601. |
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