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Este ilustre padre del monaquismo nació en Egipto hacia el año 356. San Anastasio, que era su amigo y celoso discípulo, escribió una bellísima biografía que no descuidaba ningún detalle para iluminar así su personalidad, las costumbres, el carácter, las obras y el pensamiento del padre del monaquismo. Al morir sus padres, siguiendo a la letra el consejo de Jesús: "Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes...", y se retiró al desierto, donde comenzó a llevar una vida de penitencia durante ochenta años. La experiencia del "desierto", en sentido real o figurado, es ya un método de vida ascética, que consiste en la austeridad, el sacrificio y de la extrema soledad. San Antonio no fue el que lo inició, pero si fue el ejemplo más insigne y estimulante. En efecto, aunque no redactó ninguna regla de vida monástica, ni animó a nadie a seguir su ejemplo, influyó mucho entre sus paisanos y después en toda la Iglesia. Ejemplo de su extraordinaria aventura espiritual, aunque en ese tiempo
se carecía de los medios de comunicación de hoy, se conoció
radicalmente hasta el punto que desde todo el Oriente acudían
a él monjes, peregrinos, sacerdotes, obispos, enfermos y necesitados
en busca del consejo o de ayuda. El mismo Constantino y sus hijos mantuvieron
contacto con el santo anacoreta. Amaba la soledad y el silencio, pero
no por esto dejó de cumplir con los demás los dones con
que Dios lo había favorecido: dos veces dejó su lugar
de soledad para viajar a Alejandría, pues sabía que su
presencia infundiría valentía a los cristianos perseguidos
por Maximino. En otra ocasión regreso por invitación de
san Atanasio, para exhortar a los cristianos a mantenerse fieles a la
doctrina del concilio de Nicea (325. |
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